Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 25 de enero de 2017

Cuidados

Esta mañana casi he visto dos accidentes. Los dos desde mi bicicleta. 

Al otro lado de los raíles una niña y su abuelo cruzando, con el semáforo en verde, la carretera. Tras la carretera, un tranvía aproximándose. La niña echa a correr, porque los niños hacen eso a veces, inconscientes, seguros de su vida apenas estrenada... En un instante, las campanillas del tranvía están sonando sin parar y el abuelo grita "Maitaneeeeee...". La niña gira la cabeza, ve el tranvía y fuerza la carrera. El tranvía iba ya frenado sin dejar de tintinear. Maitane salva el peligro. El abuelo con el gesto congelado sin saber qué decirle; solo moviendo la cabeza de un lado a otro. La niña le sonríe queriendo librar la regañina con su encanto de nieta.

Maitane está bien porque la conductora del tranvía ha estado atenta y porque el abuelo le ha advertido a gritos.

500 metros más adelante, un claxon insistente irrumpe en mis pensamientos. A mi izquierda una furgoneta acosa con su cercanía y su pito a un turismo con el intermitente derecho marcado. No entiendo lo que pasa hasta que pasa. El coche gira a la derecha e inmediatamente da un volantazo y recupera el sentido de la marcha: se estaba metiendo en dirección prohibida. Yo estaba a punto de cruzar ese tramo de calzada. De haber seguido, me hubiera embestido. Me he librado yo y también los coches enfrentados porque quien conducía la furgoneta ha cuidado de todos nosotros.

Yo, que últimamente soy a menudo portavoz de la desesperanza, he sentido esta mañana que por encima (no sé si por debajo estaría mejor expresado) de las tropelías que esta humanidad tolera y perpetúa hay un sentido humano de protección mutua que se impone ante la alerta que provoca una amenaza. Es cierto que ocurre entre iguales: hombres, mujeres, niños y niñas que compartimos el tránsito en una calle, un determinado día; personas que no nos conocemos ni competimos por nada ni nos hemos hecho nada; que nos presuponemos gente de bien, con valores, principios...; llamados a ser comunidad y a contar los unos con los otros para sostener lo de todos. Es cierto que nos cuidamos... entre iguales. Pues ya es algo. Eso es que tenemos capacidad para hacerlo y que sabemos hacerlo.

Lo que nos queda ahora es trabajarnos el concepto de iguales y derrumbar todos los requisitos que ponemos a otros y a otras para ser merecedoras de nuestros cuidados.

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