Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El chucu-chú del tren

Mis recuerdos más lejanos de viajes en tren son madrugadas del 1 de agosto. Habernos bajado de un taxi con mucho sueño y destemplados. Silencio, tensión y una espera demasiado larga, en exceso prudente. Apenas indicaciones prácticas del tipo "es en el otro andén" o "no te dejes esa bolsa". La ilusión por las vacaciones apenas desperezándose tras nuestras caras de madrugón.
Pienso en mi madre. Estaría cansadísima. Preparar lo necesario para dos semanas, para seis personas y hacerlo sola. Mi madre hizo demasiadas cosas sola cuando fuimos pequeños. En mis recuerdos está yendo y viniendo y no demasiado contenta. Pero a lo mejor no es tanto un recuerdo, como mi constatación de que aquella etapa sin duda fue dura para ella.

Los viajes en tren camino de la playa fueron durante unos cuantos años hasta que mi madre se sacó el carnet de conducir. Tenía 41 años y recuerdo que lo pasó fatal. Puedo ver con claridad la foto que se hizo para el documento en la que no parecía ni ella de la angustia que se reflejaba en su cara. Y aún así tan guapa, tan elegante.

Desde entonces, además de tantas cosas, mi madre también asumió ser la choferesa de todos, llevarnos y traernos por los caminos a demanda. Es curioso, porque con carnet o sin él esto de dirigirnos ya lo hacía.

Voy en tren hacia Madrid, como hace tantos años con mis padres y hermanos. También he madrugado mucho y apenas he conseguido cabecear en algunos momentos. El chucu-chú del tren es evocador. Miro por la ventanilla porque hace un rato que ha amanecido. Voy sola. Mis padres no están conmigo, tampoco mis hermanos. Pero igualmente me dirijo a Chamartín donde, por suerte, ya no esperan aquellos taxis negros de raya horizontal roja y con el techo interior taladrado de pequeños agujeritos. Aquellos coches eran para mí la antesala de la vomitona siempre. El olor de esas tapicerías y de la gasolina, el calor de Madrid en agosto en un coche totalmente optimizado, el estómago preparado para salir disparado en cualquier momento... Era el alto precio de ir de vacaciones.

Me he reconciliado con el tren. Ya no me mareo y puedo ir, incluso, leyendo o escribiendo, como ahora. No voy de vacaciones ni voy a pasar por Ferraz a ver a mi abuela, a mis tíos y a mis primos antes de tomar el siguiente tren hacia el sur. Qué bonita era la abuela... Con su maravilloso pelo blanco y sus ojos azules. Y lo contenta que se ponía mi madre de poder estar con los suyos.
Sol llegando a Madrid... En Vitoria, llovía.

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