Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

viernes, 17 de junio de 2016

Solo los niños saben llorar

Mi compañera Nati murió el martes. Ha dejado un vacío muy grande y me siento profundamente triste por su pérdida. Las lágrimas me brotan al menor pensamiento que le dedico sin poderlo controlar.

No es quien más llora quien más acusa la ausencia, claro que no. Cada persona tenemos nuestra propia forma de encarar la desazón y la impotencia que provoca la muerte. Hay quien se protege y se guarda en su duelo y hay quien se expone y muestra en el dolor, incapaz de canalizar su emoción hacia parcelas más recogidas, más íntimas.

A mí me sobreviene el llanto. Intento contenerlo y a veces lo logro; pero otras veces no. 

Esta tarde, viniendo del funeral de Nati, pensaba en esto y en la incomodidad que generan las lágrimas de las personas adultas. Siempre que lloro, alguien me abraza y me consuela. Y yo pongo todo el esfuerzo en dejarme sanar por ese abrazo y dejar de llorar. Yo hago esto mismo cuando alguien se derrumba ante mí: abro mis brazos y ofrezco consuelo, caricias y besos. Lo hago, creo, por la misma razón por la que lo hacen conmigo: acompañar, sí; pero también por terminar con esa situación y recuperar la calma, porque la tristeza es incómoda y no la sabemos gestionar.

Cuántas veces decimos: "no quiero llorar". Me pregunto por qué. ¿Qué enseñanzas hemos recibido y transmitido sobre el llanto, la vulnerabilidad emocional y el corazón roto? ¿Quién nos exige ser tan fuertes? ¿Es menos fuerte el que llora?

La emotividad tiene un alto coste. Muestra nuestra puertita sin cerrojo; cualquiera puede colarse ahí y mirarnos por dentro. ¿Cuál es el problema de estar tristes, de añorar, de sentir dolor, rabia, impotencia, malestar físico, inapetencia...? ¿Cuál es el problema? Nos escondemos para llorar como si fuera algo malo. Creemos proteger nuestra intimidad y evitar a las demás personas el trago de vernos caer. Pero yo creo que lo que hacemos es levantar una presa en el cauce de un río que pide seguir su curso. Y también creo que así salvaguardamos la imagen pública: mostrar que está todo bien es tan importante como estarlo de verdad. La felicidad viste y suma; la tristeza incomoda y espanta.

Pienso que nuestra cultura del éxito no admite debilidades y hemos aprendido que la fragilidad hay que forrarla de algodón y cambiarle la crisálida en privado. Así las heridas no se airean suficientemente y no pueden formar su costra. Si no hay costra no hay cicatrización ni picor ni desprendimiento ni piel nueva.
Sé que hay personas que apenas lloran. No sé si es así porque cada una es como es o si es algo aprendido. Pero yo que sí soy de las que lloran, cuando no puedo hacerlo me siento mucho peor. Estoy agradecida a mi llorona de serie por darme la oportunidad de drenar mi tristeza.

Solo las niñas y los niños (felizmente) saben llorar. Se lo permitimos por su socialmente asumida incapacidad de afrontar la frustración o el dolor. Los niños se toman su tiempo para el desahogo, se regocijan en el abrazo y nunca, nunca piden perdón por llorar (incomodar). Qué maravillosa libertad ofrece la infancia para mostrarse en lo más primario, en lo más auténtico.

Estoy triste por la pérdida de Nati y creo que también por otras cosas que he estado reteniendo intentando que no se me desmadraran. Al traste con todo mi esfuerzo de contención porque me estoy poniendo morada de llorar.

2 comentarios:

Martuki dijo...

Yo te prometo que cada vez que te abrazo no es para que termine tu llanto. Es para estar contigo.hay veces que algunas no podemos llorar y lo hacemos a través de las demás. Quiero compartir contigo lo bueno, lo malo, quiero sujetarte y que me sujetes, quiero llorar contigo aunque a veces no pueda. Ojala fueramos más niños y niñas y dejáramos brotar lo que sentimos. Musus

Macarena dijo...

Mi querida Marta: que no me falten tus abrazos. Tienes los míos esperándote siempre. Podemos llorar a turnos,juntas o yo sola que soy más facilona ;-) Y también podemos llorar de risa, que nos encanta. Te adoro, amiguita.