Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

viernes, 17 de junio de 2016

Demasiada prisa, toda la razón y poca paz

Estoy a punto de terminar mi curso de "Superviviencia para ciclistas en la urbe" y voy a empezar otro que se llama "Cómo maquillarte para dejar de parecer una pava a la que se le puede decir lo que sea sin consecuencia ninguna". 

Hoy, otra vez, ha salido a mi paso (y no al revés), un viandante tipo que no me conoce de nada y que debe tener una vida muy aburrida y un espíritu muy abandonado. Es uno de esos que se creen con el derecho a increparme sin venir a cuento, sin educación ni respeto y, lo que es peor, sin información.

No sé desde cuándo tengo esta sensación tan inquietante de que hemos desaprendido a convivir. La gente va por la calle sintiéndose siempre con prioridad: da igual si eres peatón, ciclista, coche, moto, autobús, camión de la mudanza, camión de la basura o de vaciado de contenedores. Siempre es uno mismo el que tiene demasiada prisa y demasiada razón para tolerar al compañero de calzada; si además eres chica o mujer, la tensión crece ya exponencialmente. 

Yo no me meto con nadie. Soy bastante respetuosa con las normas y me dirijo a la gente en buenos términos. Y es cierto también que cometo mis pecadillos ciudadanos y a veces no hago las cosas bien. Consciente de mi imperfección trabajo mi tolerancia con las imperfecciones ajenas. Pero se ve que o este ejercicio no se enseña en las escuelas ni en las casas, o el corre-corre en el que hemos convertido nuestras vidas nos ha sumido en un ritmo de vida demencial en el que no cabe más que sucumbir a las exigencias de lo propio; sentimos que las reglas que rigen lo comunitario nos oprimen, y se nos pone muy mala leche cuando el otro, la otra, nos pide frenar o hacer sitio para el ejercicio de sus derechos. Siempre estamos en el lado de la razón; y si no lo estamos, haremos ver como que sí, hablando más alto que el otro, intimidando o violentando... Amigo, amiga: se siente. La casa es de todos y tenemos que acoplarnos y, si es posible, con paz.

Viandante que te has cruzado en mi camino esta mañana temprano: si la energía que has empleado en observarme, sacarme falta y llamarme al orden la hubieras empleado en pensar cómo puedes hacer que el día de hoy sea mejor para alguien, o en dónde está tu oportunidad de hacer un gesto que permita aliviar, aunque sea un poquito, a este maltratado mundo; si en lugar de gritarme te hubieras fijado en lo bonita que estaba la mañana y en que ya es viernes, en tener un pensamiento constructivo, en elevar una oración por alguien... No sé.

Yo solo iba en bicicleta pensando en mis cosas cuando me has arrojado tu crítica inoportuna y desairada. No sé de dónde te viene el impulso de incomodarme y hacerme sentir mal. No te he molestado, no me conoces, es temprano... ¿Tienes una vocación pedagógica incontenible? ¿Crees que me has enseñado algo con tus voces? 

Ya he pasado la tentadora fase de pararme y compartir mi conocimiento de la ordenanza de bicicletas con la gente que me increpa. No sirve para nada, porque quien entra de malas formas no tiene voluntad de entendimiento ni actitud de escucha, y acaba por recurrir al catálogo de tropelías que cometen los ciclistas (todos, se ve) para achantarme como si fuera yo la portavoz de la comunidad bicicletera.

Estaba enfadada cuando he empezado a escribir, pero ya no. Voy a indultarte, viandante, y voy a darle una oportunidad al día y a olvidarme de que te has cruzado en mi camino.

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