Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

martes, 12 de enero de 2016

Mayor

"Quizá uno empieza a envejecer en el momento en que empieza a dolerle la memoria". Me he encontrado con esta frase de Rosa Montero en Internet. Creo que es justo así.

Últimamente digo mucho que me siento mayor. Desde que cumplí los 40 parece que no hay día en el que me encuentre bien del todo. Y esto no tiene pinta de mejorar.

Pero no es eso, no es eso. Es lo que dice Rosa Montero: lo que me duele es la memoria; es lo que me está haciendo mayor. La ausencia de personas que se fueron para siempre, la de aquellas que separaron su camino del mío; ser consciente de todo lo que ya no es como era, aquellos y aquellas que son hoy tan distintos de como fueron; hacer a destiempo el duelo por lo que tuve y no retuve, por aquello que sentí y ya no siento. Duele recordarme trazando la ruta hacia un horizonte abierto, mi futuro; duele el derrumbe de certezas poderosas como la vida eterna de los padres, los amigos para siempre o las cuatro estaciones. Duele mirarse por dentro, reconocer y reconocerse. Y no ser capaz de perdonarse.

Enfrentar el día con la confianza quebrada, la esperanza remolona, la espalda cargada por el dolor causado, el agravio por la disculpa que no llegó y el miedo a lo que no podré o no sabré.

Veo crecer a mis hijas y me preparo para dejarlas hacer su petate y diseñar su itinerario. Pero no quiero. Las quiero creyendo a pies juntillas que su madre es la mejor: la más guapa, la más lista y la que siempre sabe lo que hay que hacer. Como cuando era algunos años más joven y los 40 una barrera ficticia y anticuada que marcaba el inicio del segundo tiempo solo si se lo permitías.
Es cierto que tengo unas cuantas tareas hechas que han dado y dan sentido a mi vida. Pero, en este momento de invasiva transición, me siento con derecho a tener memoria de los años transcurridos y a permitir que me duelan. Aunque ello me haga sentir de pronto mayor y un poco triste, porque como tantas personas, lo que yo aprendí es el valor de ser eternamente joven.

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