Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

martes, 20 de octubre de 2015

Señoras de mi edad

Ya lo he escrito. Acabo de reconocer que hay señoras por ahí paseándose, trabajando, viajando, sacando familias adelante, renegando, triunfando, estresadas, o no... y tienen mi edad. Luego yo, soy una señora.

Sí. De esas a las que la chiquillería les pide la hora "por favor, señora". Es terrible, doloroso, apocalíptico... Soy una señora. Tengo 43 años, un marido, dos hijas y un bolso. Un bolso grande para que quepan todas aquellas cosas que podrían necesitar los míos. A una chica, los suyos se la traen (relativamente) al pairo. Bolso cuco y pequeño "que no combe mi recta espalda porque aquí estoy yo para comerme el mundo".

Yo también me quiero comer el mundo, pero se me ha pasado el arroz (igual también porque no sé cocinarlo). 43 años es la edad de una señora. ¿A dónde va usted, señora? Vaya, vaya con sus hijas que la están buscando. Lo que no sabe el pregunteras es que yo no quiero que me encuentre nadie, porque me quiero comer el mundo y si vienen las niñas, pues ya no me lo como.

El mundo puede esperar, dicen en las pelis. Pero qué va: cada año que cumplimos se aleja un poco. Como señora de 43 años que soy, digo que veo muy bien de lejos. De cerca, la cosa empieza a no estar muy clara. Y a lo que voy: que el mundo ese que me quería comer casi ni lo intuyo ya y, sin embargo, veo con extraordinaria nitidez los merengues gratinados. Esos sí confío en podérmelos comer cualquier día de estos con mis hijas.

¿Por qué me parece terrible ser una señora confesa? Porque eso significa que tengo una historia y una cita para hacer inventario. Significa que estoy en la segunda parte del partido y que no me va a dar tiempo a meter mis goles para ser pichichi y para llevar a cabo ese plan que un día concebí para darle alma, corazón y vida, y me espera en un cajón sin desesperar.

Y también me enrabieta reconocerme como señora, porque no me gustaría empezar a repetirme cuando hablo, tardar media hora en salir de un baño público ni ver enfermar o marcharse a las personas que quiero. Las señoras (algunas) tienen criaturas adolescentes exigentes, ingratas y muy, muy vulnerables y qué pereza me da pensar en la pelea ya perdida según la estás viendo venir.

Las señoras de mi edad nos vestimos a la moda (intentamos), pero no cuela. Y es que a nuestra edad, a mis 43, cuelan ya pocas cosas. Ya nos hemos despojado de los filtros: esto es lo que hay.

Nostalgia, vértigo, la presencia recurrente en nuestros recuerdos de sonrisas que nos acompañarán siempre y lágrimas retenidas que habrán de salir algún día cuando venga a cobrarse el recibo la soledad.

Termino esta entrada con una frase:
"La mujer valiosa es aquella que sabe madurar con dignidad; la que se siente hermosa por dentro y por fuera; la que toma las riendas de su vida y sabe adaptarse a los cambios". Me troncho. No ha dado una.

A ver si al final voy a tener un poco de prórroga y me puedo seguir sintiendo chica de 43, jajaja... No me veo yo con esa madurez tan señoril, que va: "hermosa por dentro y por fuera", jajaja... "Que toma las riendas de su vida", jajajajajaja... "Y sabe adaptarse a los cambios". Aquí tengo que apuntar algo: si alguien sabe adaptarse a los cambios somos las mujeres. Punto. Jóvenes, chicas y mayores. A la fuerza, ahorcan. Para esto no hace falta ser señora.

Voy a meditar seriamente si compro señora de 43 y salgo a la calle toda chula, como si fuera lo más; o si compro merengues para mis niñas y para mí y nos los comemos por la calle como sí tuviéramos 16 las tres. A estas alturas es lo más parecido a comerme el mundo que voy a poder hacer. Vale también la actividad con bote individual de leche condensada.

Me despido echando en falta que alguien bese mi mano. Soy una señora. De 43.

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