Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Desacato versus óigame usted

Hace algunos años, un anormal me dijo que yo tenía un problema con las figuras de autoridad masculinas. A este anormal le debí enteramente el paquete que les tuve yo a los psicólogos y terapeutas en general, durante mucho tiempo. Digo tuve, porque ahora sé que también los hay buenos y las hay buenas. Yo conozco a la mejor. Miriam es de esas personas que te dicen con el mismo tino y amor lo que necesitas oír y lo que debes escuchar. Sus palabras son caricia para el alma y recordarlas es recordar también lo importante que es pararse antes de.

Pena que Miriam no estaba en mis pensamientos esta mañana, cuando he tenido una bonita enganchada con un (varón) agente de la ley (autoritario y prepotente). Podríais pensar que aquí está la prueba del acertado diagnóstico de mierda del terapeuta anormal (ya me relajo, ya...). Pues no. Mi problema no es con las figuras de autoridad masculinas. Es con la autoridad que se acompaña de prepotencia y alarde de recursos intimidatorios.

Antecedentes
Circulo durante unos metros en sentido contrario por las vías del tranvía (que se puede), porque en el sentido correcto estaba a punto de alcanzarme un tren. Un policía local está parado sobre su moto y me indica con una voz, que me coloque en el sentido correcto. Contesto con otra voz y sin pararme, que qué hago con el tranvía que se aproxima. Repite él que me coloque en el carril derecho. Y yo, como aprecio mi vida, hago caso omiso y continúo unos metros más hasta mi destino. Estaciono mi bici y escucho un motor a mi espalda: es él, la autoridad.

Hechos
Me pide el DNI y me informa de que he desoído un mandato de la autoridad. Le explico por qué. Se la trae al pairo. Insiste en que he incumplido la normativa. Le hablo del sentido común y apelo a su escucha, en un intento de que consiga salirse del uniforme unos segunditos y mis palabras adquieran un significado para él (tenía la sensación de que el traje de poli emitía ruido comunicativo). Insiste en que la normativa es la normativa y que su función es hacérmela cumplir.

Miriam -como he dicho antes- no estaba en mis pensamientos, y yo he empezado a patear el ruedo, con mi patita derecha de Miura, a punto de tirarme al capote.
-¿No cree usted que bastante se ha complicado ya moverse en bici por la ciudad, como para que anden ustedes todo el día acosando a los ciclistas?
-¿Está acusando usted a la Policía Local de acoso?
-Sí.
-Bien. Voy a proceder a denunciarle por desacato.
-Haga lo que tenga que hacer. Pero me parece un abuso que se valga de su uniforme y de su libreta de denuncias para amedrentarme y humillarme.

Podría seguir unas líneas más reproduciendo una conversación extremadamente tensa, en la que yo intentaba hacerme entender, como si los dos fuéramos personas, y el agente, imponerme la ley como policía en acto de servicio, con el discurso aprendido y los recursos de su parte.

Yo verborreaba argumentando sobre el sinsentido de una relación entre policía local y ciudadanía en la que te amenazan con denunciarte en cuanto expresas una opinión discrepante. Él enriquecía su denuncia transcribiendo/manipulando mis palabras, informándome al mismo tiempo de que nuestra conversación estaba siendo grabada... Qué lamentable.

Visto que aquello era imposible, la impotencia que estaba sintiendo y las lágrimas que ya asomaban por mis ojos de pura rabia, le he dado la espalda:
-Por favor, termine con la denuncia que tengo que subir yo también a hacer mi trabajo.

Resolución
He candado mi bici y recogido mis cosas, mientras me hervía la sangre por la sensación de abuso de autoridad que estaba viviendo. De pronto, el agente estaba a mi lado, mirándome fijamente, en silencio.
-Le voy a quitar la denuncia.
-¿Por qué?
-Porque no creo que la relación entre policía local y ciudadano tenga que ser de esta manera. No ha estado en mi intención humillarla ni acosarla ni hacerle sentir así.
-Gracias por retirarme la denuncia. Solo le pido que si lo considera, piense medio minuto en las cosas que le he dicho y si lo cree conveniente, lo traslade a sus compañeros.
-Que tenga un buen día.
-Usted también.

Cuando se me pase el disgusto del mal rato que me he llevado, me reiré de esto. Ya lo sé.

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