Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

jueves, 18 de junio de 2015

La niña baila, la niña canta, la niña se va de excursión.

De la creadora de "El horror de la vuelta al cole" llega ahora... "El horror del fin de curso".

La serie "reuniones-excursiones-merendolas-festivales-cumpleaños de verano" es una enfermedad autoinmune de la que no es posible escapar. Te mueves entre el recocijo y el agotamiento. La niña canta, la niña baila, la niña se va de excursión. La reunión con el tutor, la informativa del curso que viene, las merendolas de cierre de extraescolares y quienes no perdonan haber nacido en verano y convocan festejo previo y te petan la agenda que está ya a punto de parir un #BastaYa desgarrador. Y el bizcocho. No nos olvidemos del bizcocho de cumpleaños que te recuerdan tus hijas como a las diez de la noche de la víspera de tener que llevarlo.

Los papeles informativos, también llamados circulares, que juegan al camuflaje en las mochilas de mis niñas y se muestran desafiantes -y a pares- a punto de vencer la fecha tope -subrayada y en negrita- que te reta a distinguirte como buena madre que está a la que salta y siempre dentro de plazo. No soy de esas. Yo soy de las que preguntan: "Cuándo había que...", "Oye: ¿lo de los libros cuándo hay que pagarlo?", "Pero... la inscripción del coro ya la habéis entregado?". Y la respuesta tipo, dolorosa y mortificante: "Llevaron un papel a casa". 

El papel. Yo el único papel que acuso recibo con seguridad es el de los piojos. Dios mío: tenemos la reserva de piojos más protegida de la humanidad en este colegio. Ese papel de aviso de parásitos porculeros siempre motiva mi reflexión: fijo, que hay un secretario que tiene un mínimo de papelitos que redactar al trimestre y cuando ve que no cumple objetivos, se casca el de los piojos. Es imposible que haya tanto piojo de botellón y mis hijas no los hayan cogido nunca.

Y el Estado no contempla una excedencia para poder atender debidamente tanto trajín. Yo no lo entiendo. Debería estar recogido en la carta de Derechos Humanos. 


Huelga decir que una madre la goza viendo cantar y bailar a sus hijas. Yo me ensancho peligrosamente. Me llenan de orgullo y satisfacción monárquica los conciertos y exhibiciones de fin de curso, pero cuando por fin me siento en la butaca; nunca antes. Madre excelentísima, ruega por nosotros.



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