Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Puntitos

La gente en general tiene siempre un puntito. Un puntito listo para ser colocado en una "i" de terceros. No es nada práctica esta afición: genera tensión, respuestas a la defensiva, malestar, nudos en el estómago, salidas de tono... Depende de quién lleve la "i" en cada puntuación.

Vas a cambiar un pantalón nuevo porque la cremallera se baja... y la dependienta te dice si no será que te queda pequeño... Le dices a la cajera que te faltan vueltas porque le has dado uno de 20€... y te responde, por de pronto, que acababa de fijarse en los billetes de 20 que tenía y que cree que no; y a ver si te achantas. Vas a una zapatería pidiendo unos botines con unas determinadas características... y no se limitan a decirte que no tienen; se lanzan a la piscina y te aseguran que lo que buscas no lo vas a encontrar. Vaya. Te quejas porque alguien no te ha dado un recado importante y hay otro alguien que recuerda aquel día en el que se te fue el santo al cielo y dejaste algo sin hacer. Planteas una cuestión creyéndote en confianza y recibes un maquillado "Zapatero, a tus zapatos" que te descoloca para una larga temporada. 
Cosas así ocurren todos los días y en todos los niveles de relación. Se ve que nos mola ese escaloncito de más que nos permite verle "el cartón" al prójimo.

Tendríamos que plantearnos hacer una apuesta seria por la paz; por la armonía, por la templanza, por las miradas con mejores ojos. Tenemos al mundo enfermo de injusticia e insolidaridad, tenemos tantas tiritas a nuestro alcance que poner... Y en lugar de estar repartiéndonos los apósitos nos desgastamos en romper la convivencia con incontinencias verbales que poco aportan y actitudes que nos mantienen a salvo de un inquietante examen de conciencia. Nos cuesta tanto reconocer la inocencia de quien no pretendió ofendernos, volver al punto donde la lana empezó a girarse y deshacer una fila entera del derecho y otro tanto del revés. Nos cuesta también reconocer la valía a quien se llevó aquello que habíamos deseado tanto. Como nos cuesta ver inteligentes, buenas, hermosas a quienes nos sustituyeron en el corazón de otra persona. Sentimos la imperiosa necesidad de poner en su sitio a quien tuvo la osadía de incomodarnos y nos parece que así nos quedamos a gusto, más anchos que largos. Y qué va.

También yo tengo mi puntito en la recámara para dispararlo con tino sobre alguna insolente "i" descabezada que acabará por cruzarse en mi camino. Pero cada vez que lanzo puntito, en el mismo instante en el que inicia su trayectoria hacia el objetivo, yo ya me doy cuenta de que lejos de quedarme más ancha que larga, la rigidez se instala en la parte de mi estómago donde van a purgarse mis malas obras. 

Sentirse ofendido es un derecho. Pero es también una trampa profunda que te atrapa donde más duele: en las inseguridades. Me parece muy difícil salir airoso de ese mazazo a la autoestima, por otra parte, tan cotidiano. ¿Soy yo la única que se autoviolenta con juicios sumarísimos y severas sentencias? 

Así que... ahí tenemos la caja de puntitos para desquitarnos también con quienes tan alegremente nos lastiman (o eso nos parece). Pero no creo que así mejoren las cosas. Porque si me siento mal y devuelvo mal, alimento a la bicha del desencuentro y torpedeo la esperanza de la reconstrucción que tanta falta nos hace.

Tengo un puntito colocado en una potente "i". Lo sujeto con firmeza desoyendo la voz que me pide aflojar. Lo sujeto porque me escuece demasiado y no me deja pensar con claridad. Pero en el fondo sé... que es más importante la forma.

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