Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 2 de julio de 2014

Qué fue del silencio

Hace tiempo que observo con preocupación que ruido se confunde con compañía. Al silencio, como si se le temiera. Quizá se le reconozca como un vehículo poderoso de grandes revelaciones y de ahí el "lagarto, lagarto".

Me cuesta quedarme a solas con el silencio. Lo busco con desesperación, pero es que tiene demasiados enemigos. Me pasa a menudo que estoy en casa, a mis cosas, y percibo la incomodidad de quien al poco rato arriva a mi remanso de paz. A continuación ocurren dos cosas: me dan conversación o me encienden la tele. Y se acabó. Irrumpen un montón de voces, sintonías, risas enlatadas... y siento como si me hubieran desenchufado de golpe, sin darme el margen necesario para ir apagando mi sistema... Como los ordenadores.

Cuando no es la tele es Cadena 100; cuando no, las obras del edificio de enfrente o el recorte del jardín o el camión que vacía los contenedores... El ruido. El ruido de la ciudad. El ruido que bajo la etiqueta de "vida" esconde la más moderna de las soledades: la de no conseguir encontrarse con uno mismo. No entiendo por qué se confunde silencio con aburrimiento o con tristeza, incluso.

Si hay algo que añoro tanto como el sol y el calor es precisamente el silencio. Lo necesito para escucharme, para dar cuerpo a lo que siento, para rehacer mi lista de prioridades, para echar en falta un gesto, para sorprenderme en un descuido, en una tarea sin hacer... Para simular conversaciones que quisiera mantener con alguien para aclarar un par de cosas o para tener oportunidad de explicar otras; para escucharme cantar. Mientras no consigo un espacio y un tiempo, el silencio retiene a mi auténtico yo; al que se acobarda ante la omnipresencia de ese ruido, real y metafórico, con el que se forjan en nuestros días aparatosas crisálidas para el alma.

Me preocupa que el silencio se interprete como una carencia, como una señal de que algo no va bien. Me irrita que alguien conocido me encuentre leyendo en un tranvía/autobús/tren... y no respete mi entrega a la historia que tengo entre manos, y me dé conversación para entretener su trayecto y arrojar ruido sobre el mío. Convencido, además, de que preferiré el palique a la "soledad".

Me llama la atención que en estos tiempos en los que urge recuperar las relaciones frente a frente y apagar de vez en cuando las pantallas, la soledad querida encuentra comprensión social en tanto en cuanto lo exije una conexión vía Internet. Entonces sí te respetan: te estás "conectando" con alguien y te dejan hacer sin interferir en tu silencio. Pero ése no es el silencio del que yo hablo. El silencio que yo busco es aquel en el que está de más todo aquello que no sean mis pensamientos. 

Así es que en la búsqueda permanente de mi tesoro, a menudo visualizo un paisaje rural, soleado, con montañas, vaquitas y pajarillos cantando... y me hago grande soñando con irme a vivir al campo. Me vale como ejercicio desestresante, pero poco más. Porque a mí me gusta vivir en la ciudad. Pero ¿es tanto pedir que le respeten a una la paz de la tele apagada y su tertulia consigo misma? Se ve que sí. Que lo que planteo suena a "pues vaya rollo". Pues nada: ¡vino para todos y todas! ¿Qué ponen en la tele? 

Pero está cerca el día en el que emularé a Jesús en su encontronazo con los mercaderes en el templo y arramplaré con todas las teles que encuentre a mi paso, poniendo cara de loca. Más ancha que larga me he de quedar. Y, a continuación, reiniciaré mi sistema de mujer nueva y silenciosa, porque me habrán retirado la palabra unos cuantos que yo me sé ;-)









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