Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

jueves, 26 de junio de 2014

Una cuestión de precio

Si hay algo a lo que soy muy sensible es a las incoherencias y, en particular, a las mías. Intento que mi forma de vivir sea respetuosa con mi modo de pensar (y educar), pero no siempre lo consigo. Resbalo una y otra vez en aceras por las que debería transitar con más cuidado. Soy plenamente consciente; tanto, como débil para cortar con aquello que sé que no está bien. Encuentro justificaciones que si bien no me convencen, me dan una tregua para alargar un poco más la toma de decisiones contundentes. Lo hago porque ser coherente te complica la vida. Si te hace más feliz, no lo sé. Hace tiempo que me caí del guindo y me di cuenta de que bien no necesariamente llama a bien, y que, además, hacer las cosas bien tiene un alto precio personal y social. Hablar de honestidad, de compromiso, de bien común... obliga muchas veces a ponerse demasiado seria y a sentirse china en el zapato. Eso cuando consigues escapar de la incomodidad de sentirte etiquetada por ir contracorriente o por implicarte públicamente en procesos o militancias que no gozan de popularidad y, a veces, ni siquiera de respeto social.

Esta semana me encontré en la prensa con una información que me dejó muy, pero que muy mal cuerpo:
Una llamada de auxilio en la etiqueta de un vestido. En esta noticia se narra el caso de una clienta que descubrió en la etiqueta de su vestido nuevo, el mensaje de un trabajador de un taller textil que produce para Primark, en el que informa de las condiciones abusivas de trabajo que sufren.

Yo compro en Primark. Y ahora es cuando podría escuchar un coro de voces diciendo: "Te queremos, Macarena". No es necesario, porque afortunadamente no soy adicta a Primark; ni siquiera a las compras. Pero es cierto que de vez en cuando miro para otro lado y pico.

Tengo la información, me llevo las manos a la cabeza y digo qué barbaridad, cómo tienen a esta pobre gente, así ya pueden bajar los precios... Cuestión de precio. Claro. Porque ahí está el quid: el precio que pagamos versus el precio que pagan otras personas por el precio que pagamos. Son tiempos difíciles y vamos justos. Tenemos una pila de necesidades que nos creamos cuando podíamos permitírnoslo (o eso creíamos) y ahora pretendemos mantener el status con mucho menos... y las cuentas no salen.Y así, pues ya está.

Pues no. No está. También puedo decir que otras marcas con precios más caros, fabrican sus prendas en talleres similares y la diferencia radica en que se llevan más margen de beneficio. Seguimos sin poner el ojo en el centro del problema: en la lamentable realidad de que hay personas que trabajan en condiciones de esclavitud, llevadas por la necesidad de obtener una mísera compensación económica por ello. Sus ínfimas asignaciones hacen posible que luego compremos requetebaratísimo prendas de moda.

¿Y a dónde tenemos que ir a comprar la ropa para no ser cómplices? A tiendas de comercio justo, claro. Aquí vamos sobre seguro. Pero nos encontramos con una oferta muy limitada. Otra opción: a comercios locales y no a cadenas presentes en centros comerciales. Ésta es una buena recomendación por muchos motivos, ¿pero quién provee a los comercios locales? A ver si al final son los mismos perros con parecidos collares. Ahí lo dejo, porque no lo sé y supongo que de todo habrá.

Yo, de vez en cuando, cuando me entra el arrebato de coherencia, echo un ojo a la página web de la campaña Ropa Limpia y examino marcas concretas, a ver si aprueban o no aprueban el examen de producción digna. Tomo nota y me hago una revisión de compromiso con la causa, con la intención de mantenerme firme y poner mi granito de arena.

Y si todo terminara con el tema de la ropa... bueno. Pero qué va. El mundo que hemos construido y consentido entre todos y todas hace aguas por un montón de sitios. Esta mañana me he encontrado en Facebook con este extracto del documental Samsara. Son seis minutos que muestran cómo nos las gastamos en la producción y consumo de alimentos. Demoledor. Dice la página que presenta el clip, que samsara es una palabra en sánscrito que significa "mundo" o "existencia cíclica", pero que se usa para describir actividades mundiales. 

Los creadores de la película son Ron Fricke y Mark Magidson. El propio Fricke dice que esta cinta ahonda en "su tema favorito": la relación de la humanidad con la eternidad. Estoy de acuerdo en que es un temazo al que hay que hincarle más el diente. Me cuesta más lo de favorito, porque el panorama que sustenta la favorita relación de la humanidad con la eternidad a mí me entristece y me hace sentir muy responsable; como humana, como consumidora y como humilde mortal que entro en el juego de la devastación de los recursos naturales y la prepotencia de poner a otros seres vivos al servicio de las necesidades que creo que tengo, al precio que sea.

La cosa se complica. He escuchado varias veces decir a mi compañero Alberto Martínez que precisamente porque somos parte del problema, somos también parte de la solución. Me gusta pensar que esto es así, porque siembra esperanza. A mí me resulta difícil confrontarme con los modelos y las estructuras que me diseñan el viaje, pero saber que está en mi mano alterar el itinerario, aun fallando, aun recayendo, aun haciéndome la loca a veces, me hace sentir responsable y llamada a compartir estas líneas; por si ayudan, informan o sirven para que por unos minutos le demos una vuelta a nuestros hábitos de consumo y a la desproporción entre el precio que pagamos unos y otros.

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