Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Déjale cariño, que si no llora

Pues que llore, ¿no? ¡No pasa nada! Es lo suyo: llorar. Los niños y niñas lloran. Con razón o sin ella o como forma de comunicarse. Les es propio.

Bueno pues, esta entrada es un homenaje a las madres que nos pasamos de listas. Somos tan enrolladas con el mundo alrededor que, en ocasiones, forzamos un trato injusto a nuestros propios hijos.

Se suben un padre y una madre en el tranvía, cada uno de ellos con un hijo varón. Uno, un poco más pequeño que el otro. Por cómo se tratan presupongo que son amigos, aunque no demasiado. Quizá son amigas las madres o podrían ser parientes políticos... no sé.

Los niños corren a ocupar un par de asientos contiguos. El que es un poquito más mayor alcanza -sin juego sucio- el lugar de la ventana. Y entonces, comienza el superpollo del pequeño. Unas lágrimas que acabarían con la sequía en muchos lugares del país. Y la madre del niño grande no tarda en pedir por esa boca: "¡Diego, déjale al lado de la ventana! Que si no llora...". Diego se hace el loco. Es un niño tranquilo. Parece estar rumiando "Me queda menos que nada de mirar por la ventana". El padre contrarresta con tan poca convicción que me dan ganas de medirle la boquita pequeña: "No, dejalo. Que se aguante...". Pero la madre se crece: ¡demostraré al mundo lo buena educadora que soy y que mis deseos son órdenes para mi vástago! Acerca su mano a la cabeza de su pequeño: "Diego, cariño, déjale el sitio, que mira cómo llora el pobre". Diego se levanta y cede. Sin decir ni mu, con la mirada igual de perdida que segundos antes, resignado ante lo inevitable.

Y el del berrinchín abandona la llantina. Se seca los lágrimones y se asoma al cristal reconfortado por su triunfo. Entonces, su padre intenta compensar a Diego por tanto abuso consentido por ambas partes: "A ver, Diego... ¿Qué coche tan chuli tienes?". Diego, orgulloso de su propiedad, la muestra y la deposita en la mano del padre. Berrinchín, de nuevo, se pronuncia: "Quiero el coche de Diego". Diego, cariño, déjale tu coche al nene.

El pobre Diego se ha quedado sin el sitio de la ventana y, además, sin poder jugar con su coche durante el trayecto de interior que le ha tocado en suerte.

Al padre me parece a mí que alguien debería hablarle de que la frustración forja y hace madurar al ser humano. Y a la madre de Diego le diré que ha quedado divinamente con el padre del lagrimones y con el resto de los usuarios del tranvía que hemos asistido a los hechos, pero que ha sido injusta con el pobre Diego, que es más bueno que el pan.

Este relato me lo arrojo yo sobre mis espaldas. Porque en muchas ocasiones, nos pesa más lo que puedan pensar de nosotros y de cómo estamos educando a nuestros hijos, que la serenidad de intentar ser justos, desde nuestro prisma, y no perjudicar con nuestro buenrollismo a los nuestros.

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