Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 16 de enero de 2012

Sal de pollito

El pollito no es sólo una cría de gallina. Sería muy poco ambicioso limitarse a esta acepción. La que nos reúne hoy es la de pollito en su expresión de actitud ante la vida. Mi chiquitina, en una ocasión de su corta existencia, en un momento de descuido que tenemos estos padres de hoy en día, se zampó un pollito. Y desde entonces, somos cinco en casa: papi, mami, Violeta, Olarizu y su pollito.

El pollito de Olarizu se pasea por nuestras vidas con familiaridad. Se deja ver en ocasiones cada vez más predecibles: no me quiero ir a la cama, no me quiero bañar, no me quiero comer la piña, no quiero ponerme esa ropa, es que Violeta…
Al principio no nos caía nada bien el pollito, pero tengo que confesar que yo le he cogido cariño. Nuestra pequeñita debe pensar que sin su pollito no llamará nuestra atención y este deberse al llanto de mi niña como recurso para reclamar nuestro amor, me pone triste.
En los últimos días el pollito está que se sale. Debe ser que no nieva, que se estaba mejor de vacaciones o, simplemente, que estamos de que no. Así que le he propuesto a Olarizu sacarle partido a esta situación que nos produce tensión y, en demasiadas ocasiones, alteraciones del comportamiento no deseadas.
Esta noche, reunidos de nuevo en torno al pollito, le he descubierto a mi chiquitina un secreto milenario, que ha hecho redondearse aún más sus preciosos ojitos llorosos: que las lágrimas saben a sal. Y que si va a montar el pollito, mejor le servimos la sopita sin sazonar y que se pase la lengüecita por encima del morrillo después de cada cucharada. O también, le he dicho, “podemos tener a mano un salerito con tu nombre y cada vez que montes el pollito, recogemos de tus papillos las lágrimas… ¡y vamos llenando el salerito con sal de pollito”. Y entonces, le he visto marcharse… al pollito. Y en su lugar, una sonrisa de niña preciosa ha bañado de ternura mi cuento.

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