Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

martes, 10 de enero de 2012

Esos misteriosos lugares que vuelven invisibles a las mujeres

Sospecho que se trata de una purpurina que nos envuelve discretamente al atravesar la puerta. Sin ser conscientes de ello, el proceso acaba de comenzar. Se acerca el responsable y se interesa por mis demandas. Y hasta ahí, todo normal. Comunico con soltura la avería de mi coche y él parece comprender. Formula preguntas que sé responder e, insisto, la normalidad reina en el taller mecánico.

Pero entonces aparece él: el marido. Y una pregunta es lanzada al aire:
-“¿Cuál es la matrícula del coche?”
-“CBV 2873”,  responde mi esposo.
Yo le miro intentando que capte mi reproche. Tarde. Ha ocurrido. Me desdibujo… Nadie me ve. Eoooo…. Estoy aquiiií… Se trata de mi coche.

Quiero gritar, pero mi garganta ahoga todos mis intentos.
-“¿Entonces, cuando cierras la puerta, se vuelve a abrir?”
-“Sí. Eso es”. De nuevo, contesta él.

Me rindo. La purpurina de la puerta me ha neutralizado: soy invisible en el taller mecánico. Pero no está todo perdido: el empleado hace una pequeña concesión:
-“Firmáis (me incluye; vergüenza torera, se ve) aquí, por favor…”
¡Ni de coña! Esta reparación la firmo yo; sólo faltaba. Rauda, rubrico.

Y salgo. Acompañada de mi marido. Atravieso de nuevo –ahora junto a él- la puerta purpurizadora y el hechizo se rompe. Soy de nuevo visible, en el universo paralelo en el que las mujeres saben desenvolverse solas en el taller de reparación de coches.

Afeo su conducta a mi partenaire y recibo jocosillas disculpas. Vaya tela.

En su descarga diré que, para resarcirme, por la noche me fui de chicas y al llegar a casa, la deuda con mi persona estaba generosamente condonada: la ropa tendida y el montón de plancha ventilado. Por esta vez, pase.

No hay comentarios: