Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

viernes, 18 de noviembre de 2011

La abuela Pilar

Dentro de unos días se cumplirán tres años del fallecimiento de la abuela Pilar. Mi chiquitina, que sólo tenía dos años cuando su abuela murió, ayer la estuvo recordando y sintiendo más que nunca su ausencia. Es extraño, porque ella era muy pequeña y es difícil que conserve recuerdos con la mamá de su papi, que la llamaba ¡trastillo! mientras le palmeaba el paquetón del culete. Seguramente su recuerdo se compone de los nuestros y de los de su hermana; pero sea como sea, ayer Olarizu sintió la pena irremediable de no poder ver nunca más a la abuela Pilar; no podía dormirse, porque pensaba en ella y se ponía triste… Así que le puse en la mesilla una foto de la abuela, junto al abuelo, sonrientes los dos en una playa de Ibiza. Y se quedó tranquila.

Me quedé pensando en esto. En la manera en la que algunas personas se van y otras no acaban de hacerlo. Me pasa, todavía hoy, con la abuela Pilar: que me parece que va a aparecer en cualquier momento y la voy a ver recolocando con el pie la alfombrilla del pasillo. La visualizo sentada junto a su marido, frente a la tele, abrazando a su nieta Violeta, acoplada perfectamente a su arrullo; en silencio, las dos. Tan agustito, las dos.

Con su muerte, Pilar me dejó un vacío inesperado. Nunca tuvimos una estrecha relación ni fui consciente de su consideración más allá de una relación natural entre suegra y nuera. No sabía que le quisiera tanto hasta que se marchó y tuve la certeza de que ese hueco en la mesa de la cocina, en el sofá del salón, en la plaza de Baltanás… no podría llenarse nunca. Ella no era como yo. No participaba de afectos explícitos, ni los demandaba; era de presencia austera, discreta, silenciosa, castellana… Pero no se le escapaba una. Controlaba a todos los suyos, los protegía y los cuidaba por encima de todo; sin que se notara, sin alborotar, pareciendo en todo momento como que no.

Tengo un nítido recuerdo de su emoción tras conocer el futuro nacimiento de Violeta. Al fin, un bebé en la familia, después de muchos años. Un bebé que le devolvería la ilusión por el día a día, anclada como estaba en un duelo de los duros, de los que no se comprenden bien. Después llegó Olarizu, su quinta nieta; la chiquitina que le cantaba, para su regocijo, que se habían “acabao las siestas de sansemín” (las fiestas de San Fermín). Y aunque a mi, en vida, se me escapara esta certeza, lo cierto es que la abuela Pilar era muy grande.

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