Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El cafelito

Mis niñas están que se salen. Lo de venir a casa a comer a mediodía las tiene inmersas en una burbuja de satisfacción que me contagia. Salen corriendo de clase, como sin creerse que al fin se haya hecho realidad: a casa con mamá. Corretean de aquí para allá al tiempo que intercambio saludos con otras madres, padres, abuelos y abuelas. Y cuando llegan a casa, se ponen a jugar juntas mientras apaño la comida. Las oigo cascabelear por aquí y por allá y me encanta.

Los nuevos mediodías transcurren cotorros. Se quitan la palabra la una a la otra mientras comemos y yo disfruto recopilando información, tantas veces silenciada por el cansancio o, simplemente, el olvido, después de tantas horas.

Ayer, después de comer, un elemento nuevo entró a formar parte de nuestro bodegón: “Queremos un cafelito”. ¿Un cafelito? “Sí. Un cafelito, que nos encanta”. Javier les dijo que también tenían incluido con el menú un purito y un chupito de licor…

Así que les puse una jarrita con café descafeinado y otra con leche. Era para verlas: echándose un culín de cafelito en la tacita y rellenándolo con leche. Azuquítar… y allí estaban: mis dos monillas, en pleno auge de satisfacción vital, tomándose a cucharaditas el cafelito.

Momento impagable que rescata la sonrisa y oxigena el alma.

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