Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Voy a pedir una excedencia para ordenar mis calcetines


Ja, ja, ja. Me troncho. Este sublime comentario de mi esposo fue hecho a medianoche de ayer, tras unos pases de trilero bien llevados, pero infructuosos, con cuatro calcetines que no casaban.

Mi experiencia es tozuda en afirmar que algunos de ellos llegan al cubo de la ropa only one. Porque aunque del tendedero los descuelgo en número par, algo ocurre en el universo paralelo de las cuerdas…

Las cinturillas de los calcetines se distinguen unas de otras en anchura y altura: únicamente. La variada gama de negro a gris oscuro que él se empeña en defender, pasa desapercibida a mi humilde percepción. Y yo los agrupo en base a cinturillas y me reconforto tras mi tarea, sintiéndome en cierta medida como esa esposa de los antiguos manuales del régimen que lleva a su marido lavado, planchado y atendido como merece el cabeza de familia que sustenta. Ja, ja, ja.

Pero va, el muy ingrato, y dice que no lo hago nada bien. Que en la semi penumbra de la habitación de las primeras horas del día, todos los gatos son pardos y reina la armonía en el cajón de los calcetines; pero cuando se impone la claridad y la realidad se muestra con todos sus matices, mi chico, tomándose un café en compañía, lamenta un cruce de piernas distraído que pone en evidencia que el emparejamiento no estaba para nada bien ejecutado.

Menos mal que mi niño es plantado y guapo y esta circunstancia le da un toque de imperfecta humanidad. Y qué duda cabe de que detrás de un gran hombre, hay siempre una gran mujer que confunde los calcetines negros con los calcetines negros. Y ésa es, al fin y a la postre, la madre del cordero.

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