Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 18 de julio de 2011

El "palabra de honor" no compensa

Este fin de semana he estado de boda. Mucha gente joven y bien arreglada. La verdad es que ellas, monísimas. Un gusto: sin estridencias destacables.

Me ha llamado la atención la elección mayoritaria entre las mujeres del escote conocido como “palabra de honor”. Dice mi madre que le viene el nombre a la tranquilizadora frase de “palabra de honor, que no se me cae”. Yo tengo que reconocer que nunca he vestido un palabra de honor, porque soy de ésas que no se lo creen; lo de que no se cae, digo. Pero si ya tenía mis sospechas, después de este fin de semana, mi certeza es total: todas temen que suceda.

Y es que sucede. Se cae. Desciende desde el lugar que se le asigna sin ningún miramiento, dejando al descubierto sostenes color visón sin tirantes, con copas enriquecidas y redondeadas, para un lucimiento generoso de un escote altivo del que quizá no se disponga.

Y como sucede, a la mínima tentativa de desprendimiento una pinza de índice y pulgar se apresura a resituar la frontera del vestido. A veces ocurre simultáneamente: dos pinzas, una a cada lado, y un movimiento rápido, pretendidamente invisible; pretendidamente, digo, porque nunca pasa desapercibido.

El cuerpo que se debe al palabra de honor acompaña siempre este ritual con un ligero arqueo de la parte alta de la espalda. Así, el pecho se esconde ligeramente, y el recoloque se obtiene sin ostentación.

Pues así todas. Un no parar. Durante la ceremonia nupcial, mi Javierito y yo no hacíamos sino constatar la patente incomodidad de estar, a cada momento, pendiente de controlar un escote palabra de honor que, francamente, yo creo que no compensa.

Ocurre como con los vaqueros subcadereros, que se llevaron hace unos años: que en quieto, en el probador, frente al espejo, divinos. Pero todas hemos tenido que agacharnos a comprobar una conexión de la cpu, o a recoger un boli que ha salido volando de nuestras manos… ¡y ahí estaba!: la costurita de nuestras braguitas, si no algo peor. Seguida de esta experiencia, el alzamiento corporal, la pincita digital antes descrita tirando de la cinturilla del pantalón (al tiempo que metiendo tripilla) y el reconocimiento nunca expresado en voz alta: qué mierda de vaqueros. No compensa. Y el palabra de honor, a mi observador entender, tampoco.

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