Este blog es un refugio, es un capricho, un lujo. Es mi ocasión de jugar con las palabras, de darles forma, de pretender lectores, de desparramar mi sesgada interpretación de esta vida loca. Este blog contiene algunas de mis cosillas que ya sé yo.

lunes, 28 de mayo de 2018

Cuatro de cinco

Hoy ha cumplido cinco años el blog Doce Miradas. Yo estaba allí en 2013. Fui una de la primera docena de Miradas que, reunidas en una sala de la Universidad de Deusto en Bilbao, esperábamos a que dieran las seis y media de la tarde para pulsar ese ENTER que abriría paso a la publicación de nuestro primer post. Era martes. Y a partir de ese martes, ya cada martes (salvo vacaciones y fiestas de guardar), Doce Miradas publicaría una entrada sobre feminismo. Así ha sido.

Lo curioso es que las Doce Miradas no sabíamos gran cosa de feminismo; nunca fuimos de expertas ni de nada que no éramos. Éramos simplemente mujeres que tenían cosas que contar y necesitaban un espacio con altavoz para hacerlo. Queríamos ser mujeres que cuentan y eso es lo que somos. Desde la escucha y el debate sereno nos hemos ido dejando empapar de otras visiones que han ido enriqueciendo o modificando las nuestras. Alguna vez he releído el primer post que escribí para Doce Miradas y pienso... "No escribiría esto ahora". O no exactamente así.

De los cinco años de historia de Doce Miradas, he estado cuatro en primera fila: con intensidad, ilusión, compromiso y muchas ganas de cambiar las cosas. Con militancia. He aprendido un montón; de mis compañeras Miradas y de todas las personas que quisieron sumarse a nuestro proyecto colaborativo aportando también sus opiniones con sus propios textos o con sus comentarios en el blog y en Twitter. Y ha sido un gran viaje para mí. Yo no sería la misma sin Doce Miradas, mis hijas no serían las mismas sin Doce Miradas y, quiero pensar, que algo he contribuido en mis entornos más próximos -los receptivos y los más hostiles- a sembrar la duda sobre la forma en la que esta sociedad ha tratado y trata a las mujeres. No quedan tantas personas a mi alrededor que se atrevan a decir eso de "ahora no os podéis quejar porque tenéis los mismos derechos". Qué frase más rancia, ¿verdad? Da hasta pereza rebatirla. Ser feminista es muy cansado, como decía mi compañera Lorena Fernández. 

El pasado septiembre decidí dejar Doce Miradas y cerrar una etapa de mucha implicación, con su correspondiente desgaste personal. Firmé mi último post sabiendo que era el último, pero sin haber decidido cuándo coger el toro por los cuernos y asumir que mi tiempo en el proyecto se había cumplido. Cuando al fin lo hice, sentí un vacío muy grande y mucha soledad. Supongo que puede ser algo parecido a dejar marchar a un hijo o a una hija.

Hace unas semanas recibí la invitación de Arantxa Sainz de Murieta para asistir a la celebración del quinto aniversario de Doce Miradas y me puse muy contenta: ¿Cómo no celebrar esos cinco años rompiendo/resquebrajando/agrietando/golpeando techos de cristal? Hoy, 28 de mayo, ha sido el aniversario, pero la celebración será mañana. Estoy tristona, sí, pero a la vez con muchas ganas de abrazar a mis compañeras y reunirme con personas que nos han seguido y aportado tanto a nuestro lado durante todo este tiempo.

Mirada se es para siempre. Así lo hemos dicho cada vez que se marchaba de la docena una compañera y, en verdad, es así como lo siento. Ser mirada es un honor, un regalo y un compromiso de por vida. 

Escribiendo para Doce Miradas me he sentido parte de algo no grande, pero sí importante. Co-fundar Doce Miradas ha sido un paso significativo en mi vida: me ha puesto del revés, me ha hecho replanteármelo todo, incomodarme hasta el punto de pensar que no merecía la pena. Doce Miradas me ha hecho crecer y despegarme de contundentes suelas de cemento asidas a mis manoletinas que no me dejaban bailar. 

Me apetece citar aquí a todas mis compañeras. A la primera docena: Ana Erostarbe (ideóloga del proyecto), Miren Martín, Begoña Marañón, Noemí Pastor, Lorena Fernández, María Puente, Pilar Kaltzada, Arantza Sáinz de Murieta, May Serrano, María Ptqk, Amaia López de Munain y yo misma. A las que vinieron después: Mentxu Ramilo, Miryam Artola, Naiara Pérez de Villarreal y Christina Werckmeister. Y a las últimas incorporaciones a quienes espero poder saludar mañana con un abrazo: Eva Silván, Eunate Encinas y Virginia Gómez. Grandes y valientes mujeres de las que me siento muy orgullosa. 

Por todo lo compartido -lo bueno y lo malo- por lo que nos hemos reído (y llorado), por cada abrazo, por cada beso, por cada reflexión, por cada acuerdo y cada desencuentro, por cada palabra que hemos aportado para construir juntas, GRACIAS.
Zorionak, Doce Miradas de mis entretelas!

Para terminar, me he tomado el tiempo de rescatar mis publicaciones en Doce Miradas para tenerlas así a mano, todas juntitas. Y para, de vez en cuando, releerme y poder canturrearme con satisfacción aquello de "... cómo hemos cambiado...". Aquí están:

-Los ojos de Marquitos (16/05/2017)
-La mirada de Violeta (18/10/2016)
-#Genitalidadexcesiva (1/03/2016)
-La bruja que llevo dentro (14/07/2015)
-Azul (13/01/2015)
-La mirada ultravioleta (11/06/2013)













miércoles, 23 de mayo de 2018

Firma la petición: A Murcia con la nube

Mi apego por la vida es endeble en estos momentos en los que llueve sin conocimiento. Así no se puede vivir. Mi alma está en tinieblas.

Pero no puedo abandonar este mundo sin luchar y he decidido lanzar una petición al Gobierno de España para que autorice la intervención de nuestro ejército, con todos los medios militares a su disposición, en favor de nuestro pueblo. Ya vale de alimentar guerras con el negocio de las armas, de observar conflictos o enviar misiones de paz que cuesta entender que busquen terminar con tanto odio y tanto dolor. Ya vale de bailarles el agua a los poderosos del lamentable negocio de la guerra. Toca ponerse del lado de la gente de bien y darlo todo: llevemos la nube a Murcia. Y hagámoslo ya. Murcia tiene sed y por aquí nos hemos dado al güisqui sin hielo, porque si no, tú dirás cómo se aguanta esto.

Así que, firma la petición. Llevemos la nube a Murcia y paguemos el rescate de nuestro sol con la pasta que han ido devolviendo a las arcas del Estado nuestros representantes corruptos. Hagámosle al astro rey con el dinero que nos sobre, un confortable coche-cama de estrellas en el Oeste, que durante la noche le lleve de paseo con la luna hasta el Este. Regocijémonos en verlo aparecer de nuevo cada mañana y sintamos su calor. Recuperemos la alegría de vivir y de saltar en los charcos. Superemos la congoja que nos asalta con la metáfora del saludo al sol en la clase de yoga.

Firma la petición:
Solicito al Gobierno de España presidido por D. Mariano Rajoy Brey que autorice la intervención del Ejército Nacional en el traslado inminente de la Nube a la región de Murcia.

jueves, 10 de mayo de 2018

Ojalá brillara para mí

"Todas las estrellas son iguales hasta que descubres cuál es la que brilla para ti". El Principito. Antoine de Saint-Exúpery.

Hay una estrella pequeña, frente a mí, en medio de un cielo tan negro y profundo como lo es este llanto tan bobo que no me permite respirar. Me ha venido esa frase a la cabeza y he pensado que quizá esa es mi estrella. Ojalá fuera la mía y brillara para mí.

La miro suplicante, necesitada de una chispa de luz en medio de mi ofuscación y de ese dolor que duerme siestas breves que no reparan. Todo lo que hiere se muestra imponente por la noche. Es muy de noche y me siento rota. ¿Si esa estrella no es la mía qué haré? En este pedazo de cielo que me toca no hay más luz. ¿Tendré que asumir entonces que nadie me guarda hoy desde allí? ¿No es ahí arriba donde nos han enseñado a reconocer las señales de la esperanza? Si esa estrella que brilla no es la mía ¿qué puedo hacer? ¿Me vuelvo para dentro de misma, me vomito en las entrañas, grito con el silenciador del pudor e intento dormir?

Hoy que el calendario me marca que soy más grande que ayer, yo me siento pequeñita y perdida en una existencia que ni me ajusta ni me abriga.
Miro fijamente a la estrella y espero una señal... ¿Me llevas?, le pregunto. En cualquier parte mejor que aquí y ahora, en esta soledad que no encuentra siquiera palabras para desparramarse en desconsuelo.

Vaya... Te estoy buscando... pero deduzco que te has marchado mientras escribía sobre ti. De acuerdo. No eras tú la mía. No brillabas para mí. 

martes, 10 de abril de 2018

Lluvia al fin

Después de un otoño excepcionalmente cálido y un invierno benigno y seco como recuerdo pocos, al fin nubes en nuestro eterno cielo azul; al fin unas tímidas gotas imponiéndose al viento sur para no morir antes de llegar al suelo. Y, en unas horas, despedirse la luz como si estuviera por llegar un atardecer que no tocaba. La gama completa de grises a pinceladas en el firmamento y un crepitar que no es de fuego sino de una tupida cortina de agua que se encabrita contra el suelo de mi calle.

Me ajusto el chal porque contemplando la chaparrada desde mi terraza, se me cuela el frío desde los brazos hasta bien adentro. Marca seis grados el mercurio en el exterior. Sonrío. No recuerdo haber visto temperaturas por debajo de 17 en muchos, muchos años.

No saben la suerte que tienen en el Norte. El frío es salud, es respirar limpio; la lluvia y la nieve son chorretones desinfectantes para el aturdimiento del alma. El invierno que les ronda prepotente durante más meses de los que les dicen en la escuela que tiene, es inspirador: la fraternidad brota del frío en el propio calor que se espera de un fuerte abrazo. Las familias están unidas porque la calle está húmeda y arisca para andar rondando. Las personas que caminan bajo los paraguas lo hacen con una sonrisa, con el regocijo de quien sabe que con el agua de la lluvia reciben un bautismo de paz...

Paz, paz, paz, paz... Espero. Aguardo a que me den permiso para desandar la inmensa trola de mi visualización inducida. La música ha terminado. Estamos en silencio. Me entran las prisas y abro los ojos... ¡Y ahí está! Me cagüen todoooooooooooooo... ¡Bastaaaaaa!

Perdón, Señor, por todo: por lo que hicimos como pueblo desde el principio de los tiempos que no te gustó un pelo, por cargarnos tu planeta, por nuestra insolidaridad, por nuestras pocas ganas de nada, por dilapidar la vida frente al maná de Netflix, por haber comido Nocilla a cucharadas sin permiso, por haber hecho eso mismo con la leche condensada, por haber dejado las migas sin recoger aquella tarde, por haberme hecho la loca y no planchar los calcetines, por haber querido bombardear las oficinas de Correos (sin gente) tantas veces. Perdón por todo, Señor. Yo te preparo el alegato del juicio final -que sé que te da pereza porque anda que no hay causas abiertas- pero tú para esto, anda. O... no sé: que llueva café.

viernes, 23 de marzo de 2018

La pompa

Sobre aquella lágrima tan importante sopló con dulzura, cuidado y respeto, en un intento de sentirla crecer. Con los ojos cerrados y las ganas de llorar prensadas, insufló todo el aire que rondaba en sus pulmones poco a poco, sabiendo que se la jugaba.

Cuando no pudo soplar más, desplegó temerosa su mirada y allí estaba: una pompa perfectamente redonda con sus reflejos de colorines y su danzarino levitar.

Sonrió. Tal y como le había sido indicado en el sueño, acercó el dedo corazón de su mano derecha y, con cuidado pero con seguridad, la tocó. La pompa se hizo atrás desde el punto de contacto y tiró de ella suavemente hasta que una media luna la sentó en su regazo. La pompa estaba tibia y ella se dejó templar, mientras un imperceptible mecer la consiguió dormir.

Pasó un tiempo o a lo mejor dos. Quizá todo el tiempo posible. Ella no lo sabría. Despertó sobre una alfombra de lentejas y abrazada a un cuaderno cerrado con una cremallera. Estaba dentro: completamente rodeada por la pompa.

Se incorporó, arropó un puñado de lentejas con el cuenco que formaba su mano y las sintió librarse entre sus finísimos dedos, como si fueran agua... Buscó la friccion de sus pies con la legumbre y no sintió dolor alguno. Se puso en pie: ningún dolor en las plantas de los pies... ni en ninguna parte. 

Amortiguado le llegó el rasgueo de una guitarra y desde la garganta le subieron hasta los ojos unas lágrimas densas como lagos.

Pasó un tiempo o a lo mejor dos. Quizá todo el tiempo posible. Y al despertar de otro sueño arropado con lentejas, vio acercarse a dos niñas que abrazaron la pompa y sobre ella posaron con delicadeza un beso. Sintió que las amaba y que verlas marchar le devolvía dolor en el pecho y en la boca del estómago; y un temblor en el cráneo.

Se retorció y se dejó caer junto al cuaderno. Lo abrazó y lloró de todo el dolor y de su cabeza quebrada. Frotó los pies contra las lentejas y el dolor finalmente cedió.

Pasó un tiempo o a lo mejor dos. Quizá todo el tiempo posible. Y ella llevaba un rato despierta, obsesionada con retener las lentejas que persistían en escapar por entre sus dedos. Finalmente, tiró con rabia un puñado contra la pared de la pompa. Algunas lentejas le volvieron y le dañaron el rostro. No le importó, pero al echarse las manos a la cara recordó, de pronto, que tenía dos ojos, una nariz y una boca; dos orejas, una frente, cejas, pómulos, barbilla y dientes, y todo le pareció innecesario. Pensó dónde estaría recogida su alma a la que tanto echaba de menos. Lo recordó de pronto: en el cuaderno.

Lo cogió, abrió la cremallera y desplegó la portada. La temperatura de la pompa bajó de repente y ella tiritó. Pasó las primeras hojas, en blanco, y encontró al fin una caligrafía desbocada y urgente. Leyó.

Pasaría todo el tiempo posible o quizá no. Sobre una alfombra de lentejas duerme, abrazada a su cuaderno, y sueña que siente un dolor inmenso que quizá, cuando pueda despertar, se desvanezca con solo frotar los pies contra una alfombra de lentejas.

martes, 20 de febrero de 2018

Me encontré con Shopenhauer

Sí. Así fue. El domingo pasado me topé con Shopenhauer de la mano de Merlí, el profesor de Filosofía cuya serie sigo en euskera desde hace varias semanas. Como mi euskera es un poco justito, aquello que no entiendo me lo reveo en castellano. Sin trampitas, ¿eh? Primero, en euskera.

Habitualmente, lo que mayor dificultad me causa es comprender las ideas generales que Merlí traslada a su alumnado sobre los postulados de los distintos filósofos. Recuerdo que, en mis tiempos de instituto, algunas veces, no resultaba fácil ni siquiera en castellano desenmarañar aquellos planteamientos excesivamente densos para nuestras cabecitas pre adultas; o, al menos, no resultaba fácil para la mía.

Así que, con Merlí, al tiempo que aprendo la lengua, recupero pensamientos de tantos grandes como pasaron por mi currículo escolar sin dejarme un poso relevante. Tengo una edad en la que pesa ser consciente de haber olvidado enseñanzas que ahora me resultan tan interesantes. Saber que transité por lugares hermosos sin admirarlos como merecían, me produce una sensación dolorosa de oportunidad perdida. Quién sabe por qué nuestro cerebro discrimina como lo hace y nos graba a fuego tonterías como números de teléfono de niñas con las que fui a clase y no he vuelto a ver, y, sin embargo, me priva del conocimiento que ahora aprehendo con toda la voracidad que me permite esta vida estresante y tirana a la que me cuesta tanto encontrarle sentido.

Pero Shopenhauer vino al rescate. O no sé si todo lo contrario. Después de Merlí me tiré a la Red porque descubrí que este señor del XVIII había escrito mucho y bien sobre los pensamientos que últimamente me rondan y me dan tan mala vida.

Dice Wikipedia sobre el discurso de Shopenhauer lo siguiente:

"En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un continuo deseo siempre insatisfecho, Schopenhauer concluye que «toda vida es esencialmente sufrimiento (Leiden)» (Op. cit., IV, § 56). Y aun cuando el hombre, tras múltiples esfuerzos, consigue mitigar o escapar momentáneamente del sufrimiento, termina por caer, de manera inexorable, en el insoportable vacío del aburrimiento. De ahí que la existencia humana sea un constante pendular entre la Escila del dolor (Schmerz) y la Caribdis del tedio (Langeweile), periplo este que la inteligencia solo puede anular a través de una serie de fases que conducen, progresivamente, a una negación consciente de la voluntad de vivir". 

Justo: la vida como un constante pendular entre el dolor y el tedio.

Dice también el filósofo -cito de nuevo a Wikipedia-:

"Es por ello por lo que Schopenhauer propone una huida del mundo. Con todo, no aprueba el suicidio como camino, ya que el suicida no renuncia a la vida en sí misma, sino a la que le ha tocado vivir en condiciones desfavorables. Por lo tanto, el filósofo reconocerá como válidas solo tres alternativas:
1. La contemplación de la obra de arte como acto desinteresado, fundamento de su estética.
2. La práctica de la compasión, piedra angular de su ética.
3. La autonegación del yo (asimilable a una suerte de nirvana) mediante una vida ascética".

Pues este es el camino para la salvación que propone Shopenhauer: la estética, la ética y la ascética. 

No puedo estar más de acuerdo, en este momento de mi vida en el que yo, como el gran pensador (salvando todas las distancias), me revuelvo en este pesimismo profundo; aunque, quiero pensar, que no en un profundo pesimismo.

Reconforta no sentirse sola en estas diatribas. Saber que alguien ha pasado antes por grutas húmedas y oscuras en la búsqueda (o negación) de su yo, aporta compañía; cognoscitiva, al menos.

Sé que lo suyo -y lo mío por encima de todo- es no quedarme con Shopenhauer mucho rato, seguir viendo Merlí y descubriendo, o redescubriendo, a partir del par de ideas que se siembran en cada capítulo, otros vericuetos en los que poner mi mente y mi alma a centrifugar.

Por ello, dejo para terminar esta entrada tan osada como frágil, la propuesta de cierre de capítulo del equipo de guionistas de la serie, a quienes también les pareció buena idea ofrecer tras el discurso de Shopenhauer, una vía de escape más oreada y más esperanzada:

-Alumna: ¿Y si no tienes deseos?
-Merlí: Shopenhauer decía que era la única salida al sufrimiento.
-A: Pero... Si no tienes ningún deseo también sufres, ¿no? Debes sentirte apartado. Ves que todo el mundo sonríe y sabe lo que quiere. ¿Y si no sabes lo que quieres? ¿Qué pasa si te despiertas y no quieres levantarte? Hay gente a la que le pasa. ¿Entonces, qué?
-M: A los que les pasa eso... les iría bien reencontrarse con el maestro de los peripatéticos, Aristóteles, que decía que la esperanza es el sueño de los despiertos.


Nota final:
Trillones de disculpas si este texto llega a alguna persona erudita o conocedora del pensamiento de Shopenhauer, y concluye que he cometido la torpeza de sacar de contexto, malinterpretar o confundir, a partir de la enseñanza recogida en Wikipedia en la que me he apoyado para elaborar este post. Vaya por delante que ha sido un placer toparme con Shopenhauer y poner mi particular lavadora en su nombre.

lunes, 8 de enero de 2018

La capucha increíble

Decía una cancioncilla de un cuento de mi infancia: "Tengo una capucha que es algo increíble; cuando me la pongo me vuelvo invisible". Quiero esa capucha.

No la quiero para maldades ni cotilleos, la quiero para descansar. Para desdibujarme como objetivo de exigencias, para facilitarle una salida cobarde a mi vulnerabilidad, para evitar ser fiscalizada en mis procesos, para cuidar sin dejarme arrebatar la carta blanca, para llorar sin esconderme, para jugar a imaginar que si dejo de ver, la cabeza dejará de dolerme.

Me pondría la increíble capucha para estarme ratos y ratos pegadita a las personas sabias sin exponer mi incultura. La vestiría para protegerme esos días en los que siento que todo el mundo me trata mal. Me la pondría también para lavarme la cara y salir de la ducha. Me la comería a poquitos para que actuara también por dentro.

Quiero la capucha para poder hacer off sin dar explicaciones. Quiero la capucha para quitármela solo si me da la gana.